Minerales, conflictos y geopolítica: el interés de EE.UU. en el Congo y su repercusión en África
Un análisis del panorama político, económico e internacional detrás de la lucha por los recursos naturales del Congo
Un nuevo tablero de ajedrez geopolítico en África
La República Democrática del Congo (RDC) ha estado históricamente en el ojo del huracán por su riqueza mineral y su constante inestabilidad. Los últimos movimientos geopolíticos liderados por Estados Unidos, sobre todo bajo el gobierno del expresidente Donald Trump, han puesto de manifiesto una renovada intención de involucrarse en el desarrollo de los recursos minerales del Congo.
Esta vez, la narrativa va más allá del simple interés económico: entra en juego la seguridad regional, la presión a grupos armados y una posible influencia directa en el equilibrio de poder en esta parte del continente africano. Vamos a desmenuzar este intricado escenario, en el que se cruzan intereses económicos, diplomáticos y humanitarios.
¿Por qué el Congo? El tesoro mineral de África
La RDC no es un país cualquiera. Es el principal productor mundial de cobalto, un mineral crucial para la fabricación de baterías de iones de litio, utilizadas tanto en smartphones como en vehículos eléctricos. También cuenta con vastas reservas de oro, estaño, diamantes y cobre.
Según datos del Resource Trade Earth, el Congo exporta más del 70% del cobalto mundial, convirtiéndose en un país clave en la transición energética global hacia tecnologías más limpias.
El auge de los vehículos eléctricos y las políticas medioambientales en Europa, Estados Unidos y Asia han llevado a una verdadera carrera global por asegurar el abastecimiento de minerales críticos, convirtiendo el subsuelo congoleño en un campo de batalla silencioso entre bloques geopolíticos.
El interés de Estados Unidos: ¿filantropía o estrategia pura?
Massad Boulos, asesor principal de Trump para África, ha sido el encargado de liderar las conversaciones con el presidente congoleño Félix Tshisekedi. Aunque los detalles del acuerdo aún no se han hecho públicos, se habla de inversiones multimillonarias por parte de empresas estadounidenses para explotar dichos recursos de forma “transparente” y “estimulando las economías locales”.
Esta cooperación se plantea como una alternativa a los contratos oscuros y poco fiscalizados que empresas chinas han mantenido durante años en la región. China ha dominado el sector minero del Congo durante más de una década, especialmente tras su famoso acuerdo de minerales por infraestructura de 2008.
Estados Unidos propone una visión diferente: legalidad, transparencia... y presunta seguridad. Tshisekedi ha declarado que podría aceptar la cooperación estadounidense siempre y cuando esta ayude a “sofocar los grupos armados e insurgencias” que asolan el este del país desde hace años.
Conflicto armado y minería: un binomio letal
El este del Congo –especialmente las provincias de Kivu del Norte y del Sur– es el epicentro de uno de los conflictos más prolongados y letales del mundo. Más de 100 grupos armados luchan por controlar territorios ricos en minerales. La mayoría explotan directamente minas ilegales o extorsionan a las que operan formalmente.
De acuerdo con cifras de la ONU, más de 7 millones de personas han sido desplazadas por la violencia, el hambre y los enfrentamientos entre milicias. Sólo en 2024, se contabilizan más de 100,000 nuevos desplazados.
El grupo más potente es el M23, vinculado estrechamente a las autoridades de Ruanda. En los últimos meses, ha retomado sus ofensivas armadas, capturando ciudades clave como Goma y Bukavu, así como la crucial zona minera de Walikale, que alberga el codiciado yacimiento de estaño de Bisie.
Este yacimiento representa la mayoría de las exportaciones de estaño de la provincia de Kivu del Norte, y ha sido objeto de violentos combates entre el M23, las Fuerzas Armadas congoleñas y la milicia local aliada Wazalendo. El reciente retiro del M23 de Walikale podría interpretarse como parte de una negociación más amplia, con actores internacionales –como Estados Unidos– al acecho.
Minerales como moneda de cambio para la paz
La propuesta de Tshisekedi es arriesgada: entregar control, o al menos acceso privilegiado, a recursos estratégicos a cambio de mayor seguridad. La lógica parece ir en la dirección de “atemos los intereses estadounidenses a la estabilidad congoleña para que se involucren más activamente en resolver el conflicto”.
Pero esto no es nuevo: esta estrategia recuerda al movimiento diplomático de Ucrania, que propuso un acuerdo mineral con EE.UU. en 2023 con el objetivo de asegurar apoyo militar y económico en su lucha contra Rusia. Aunque los contextos son distintos, el argumento central se repite: vincular los intereses estadounidenses a una causa local como mecanismo de protección.
Los riesgos de una estrategia pragmática
No hay duda de que el Congo necesita ayuda. Pero involucrar a potencias extranjeras con intereses económicos puede tener un efecto contrario al esperado. Si las corporaciones estadounidenses se convierten en actor principal de la extracción minera al margen de exigencias sociales o medioambientales, los conflictos por los recursos podrían agudizarse.
El historial no es alentador: proyectos mineros de empresas extranjeras en África han generado desplazamientos forzados, contaminación y legislación a medida. Como botón de muestra, la mina de cobre y cobalto de Tenke Fungurume, manejada por la empresa china CMOC, ha sido fuente constante de tensiones sociales y denuncias de corrupción.
¿Estados Unidos contra China en el corazón de África?
Este nuevo movimiento también se puede leer como una ofensiva más en el tablero de la nueva Guerra Fría tecnológica. China lleva dos décadas afianzándose como el principal socio comercial de África, especialmente en materia de infraestructura y materia prima. Billones de dólares en acuerdos bilaterales han dejado a muchos países africanos dentro de la órbita de Beijing.
En ese contexto, la intención estadounidense de ingresar de lleno al negocio minero en Congo supone un claro intento por recuperar influencia económica y diplomática. Más aún si se tiene en cuenta que, desde 2022, el Departamento de Energía de EE.UU. ha trabajado en identificar fuentes externas de minerales críticos para reducir la dependencia de proveedores chinos.
Como medida estratégica, Washington ve en países como el Congo, Ucrania e incluso Filipinas potenciales aliados para construir una cadena de suministro de minerales crítica sin interferencias chinas.
El peso de la historia y la desconfianza
Pero, ¿aceptará la sociedad congoleña esta nueva participación de EE.UU.? La historia del país tiene marcas profundas del intervencionismo extranjero. Desde el brutal dominio colonial belga hasta el asesinato del líder independentista Patrice Lumumba en 1961 –evento con participación de la CIA–, el pueblo congoleño ha aprendido que nada es gratuito.
Organizaciones de derechos humanos y colectivos sociales exigen que cualquier acuerdo de inversión o explotación minera debe garantizar:
- La fiscalización pública de los contratos.
- La protección ambiental de las zonas afectadas.
- La inclusión de las comunidades locales en la toma de decisiones.
- Planes claros de seguridad laboral y dignidad humana para los trabajadores.
¿Hacia dónde se dirige el Congo?
La RDC se encuentra en una encrucijada vital. Tiene bajo sus pies recursos estratégicos para el futuro del planeta, pero también una historia marcada por el saqueo, la guerra y las promesas rotas.
La participación de EE.UU., si se da bajo principios de soberanía, transparencia y seguridad, puede convertirse en un punto de inflexión. Pero si se convierte en un nuevo capítulo de saqueo disfrazado de cooperación, podría cimentar aún más la desconfianza hacia el poder extranjero.
El desafío está planteado. El Congo puede ser el fósforo que encienda una reconfiguración de la lucha por los recursos en África. Pero también puede escribir una nueva página en una historia donde, por fin, los recursos del país trabajen por su pueblo, no contra él.