El alma del baloncesto: cómo los pisos de maple dan vida a la locura de marzo

Desde los bosques del norte hasta las arenas de gloria universitaria: una mirada íntima al viaje casi ritual del parqué de Final Four

El legado del maple: donde comienza la historia

El baloncesto, como pocas disciplinas deportivas, conserva una conexión orgánica con sus orígenes. Desde los primeros días en Springfield, Massachusetts, en 1891, cuando James Naismith clavó dos canastas de durazno en los extremos de un gimnasio, hasta la actual magnificencia de la March Madness, el deporte universitario ha permanecido fiel a una superficie: la madera de hard maple del norte.

Esta madera, densa, resistente y con una elasticidad que parece responder al ritmo del juego, ha sido el estándar de excelencia gracias, en gran parte, a su procedencia: los vastos bosques del norte de Estados Unidos y Canadá. Según Jason Gasperich, director técnico de Connor Sports, “el maple ha resistido la prueba del tiempo, y aún lidera nuestro juego”.

¿Por qué el hard maple?

Existen razones científicas y prácticas. El hard maple del norte, también conocido como Acer saccharum, posee una dureza medida en la escala Janka muy superior a otras maderas. Esto significa que resiste los impactos repetitivos del juego—saltos, clavadas, pisotones—sin deformarse.

Además, su fina y uniforme textura permite que se pinte y repinte con precisión quirúrgica, algo fundamental para los logos del Final Four—símbolos que no solo marcan el centro de la cancha, sino también el corazón de millones de aficionados.

Connor Sports: arquitectos de sueños

Desde 2006, la mayoría de las superficies que han visto coronarse campeones en torneos universitarios de EE.UU. han salido de los talleres de Connor Sports en el diminuto pueblo de Amasa, Michigan. Allí llega la madera procedente de regiones como la península superior de Míchigan o Wisconsin, para luego ser secada durante hasta seis meses al aire libre—un proceso natural al que sigue un tratamiento en horno para asegurar la humedad óptima del producto final.

Una vez lista, la madera se transforma en paneles ensamblados con ranuras machihembradas que permiten amortiguación de impactos gracias a su subestructura, y que posteriormente viajarán a instalaciones de acabado en Texas u Ohio, donde se lijan, pintan y perfeccionan antes de ser enviados al escenario de los sueños.

La magia de ensamblar un templo

Días antes del inicio del torneo masculino o femenino, un grupo de más de docenas de trabajadores convierte el lugar elegido—ya sea el Alamodome en San Antonio, o el Amalie Arena en Tampa—en verdaderos recintos sagrados. Hablamos de aproximadamente cuatro horas de trabajo meticuloso, ensamblando panel por panel, encajando como un rompecabezas pintado con precisión impecable.

“Cada trozo de piso cuenta una historia”, afirma Zach Riberdy, director de marketing de Connor Sports. “Es una conexión física y emocional con la historia del juego”.

Historia imborrable en cada fibra

Desde los tiros consagrados como el de Kris Jenkins (Villanova, 2016) hasta Arike Ogunbowale (Notre Dame, 2018), pasando por la redención de Virginia en 2019, cada jugada legendaria permanece impregnada en esas vetas del maple.

En gimnasios icónicos como el Cameron Indoor Stadium en Duke, o el Smith Center en UNC, aún se pisa sobre el mismo piso desde 1986, el cual ha presenciado décadas de grandeza entre atletas como Vince Carter, Antawn Jamison y Tyler Hansbrough.

Según Steve Bernard, vicepresidente ejecutivo de la Maple Flooring Manufacturers Association, la madera certificada debe provenir de árboles al norte del paralelo 35. Esto, aseguran, garantiza los estándares más altos de resistencia ecológica y funcionalidad deportiva.

El valor simbólico y emocional del piso

Detrás del esplendor técnico yace un vínculo emocional poderoso. Para entrenadores como Roy Williams, múltiple campeón con North Carolina, el piso es un elemento sagrado. “Siempre me molestaba cuando los estudiantes cruzaban por el gimnasio porque yo lo cuidaba a diario”, recuerda con nostalgia.

Algunos entrenadores y universidades incluso conservan secciones del piso de un campeonato como trofeo. Michigan State, por ejemplo, muestra con orgullo una pieza de su título de 2000 en el Breslin Center. Baylor y South Carolina han inmortalizado sus logros montando paneles completos con sus respectivos logotipos del Final Four.

Un proceso artesanal que dura más de un año

La producción del piso no es una operación express. Desde cortar los árboles hasta ensamblarlo en el estadio puede transcurrir más de un año. El secado natural, moldeado, lijado, pintura, diseño gráfico y ensamblado permiten que cada piso sea una obra de arte funcional.

Es más que un piso, es historia en movimiento”, comenta Dan Olson, uno de los gerentes de proyecto de la empresa.

Trascendiendo generaciones

Lo más impactante tal vez es cómo estos suelos se convierten en testigos de sueños. Anne Clendenin, exempleada de la NCAA, rompe en lágrimas al ver cómo el piso usado en el torneo del Medio Oeste se instaló finalmente en el Fishers Event Center, en Indiana. “Lloré. Sentí que habíamos traído a casa a este bebé”, relató con orgullo.

Para jóvenes talentos como Maya Makalusky, quien recientemente fue nombrada Indiana Miss Basketball, jugar sobre ese piso fue algo profundamente simbólico. “Me sentía como una niña otra vez, soñando con algún día estar en ese escenario”, confiesa.

El futuro está en el piso

La próxima vez que sientas la emoción de un partido en el Final Four, piensa más allá de los triples y las volcadas. Bajo cada jugada retumba una historia silenciosa tejida en hard maple, cuidadosamente recolectado, procesado, ensamblado e inmortalizado.

Ese crujido característico al correr, esos rebotes milimétricos del balón, incluso la magia de ver un logo pintado en medio de la cancha: todo tiene su origen en un pedazo de árbol, en una tierra lejana. Un árbol que soñó con ver campeones encima de su alma extendida en forma de parqué.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press