El plástico oculto bajo nuestros cultivos: una amenaza silenciosa para la agricultura mundial
Cómo el uso creciente de plásticos en el campo está envenenando los suelos y comprometiendo la seguridad alimentaria mientras luchamos contra el cambio climático
La expansión sigilosa del buveera en Uganda
En la región de Mbale, Uganda, famosa por su producción de café arábica, una amenaza inesperada se esconde entre los cultivos: bolsas plásticas conocidas localmente como buveera. Originalmente un problema urbano confinado a Kampala, la capital, estas bolsas ahora invaden áreas rurales y tierras agrícolas. “Están preocupados, aquellos agricultores que conocen los efectos del buveera sobre la tierra”, afirma Wilson Watira, líder del consejo cultural del pueblo caficultor Bamasaba.
Plásticos agrícolas: una necesidad con consecuencias
La utilización de plásticos en la agricultura no es nueva. Desde bolsas para germinación de semillas hasta coberturas plásticas que protegen los cultivos de las inclemencias del clima, el plástico se ha convertido en una solución efectiva pero peligrosa. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) destaca que los suelos son uno de los principales receptores de plásticos agrícolas.
Según su informe de 2021, hay evidencia de que los suelos podrían estar más contaminados por microplásticos que los océanos. Esto genera preocupación, no solo para el ecosistema agrícola, sino también para la salud humana. Los microplásticos pueden ser absorbidos por las plantas, consumirlos los animales y, eventualmente, llegar hasta nuestros platos.
¿Qué son los microplásticos y por qué son tan peligrosos?
Los microplásticos son fragmentos de plástico de menos de 5 mm. Algunos apenas llegan al tamaño de una cabeza de alfiler. Se originan al degradarse productos plásticos comunes, incluyendo textiles, envases y, por supuesto, herramientas agrícolas.
“Estos elementos se están liberando en una escala tan enorme que requerirán soluciones de ingeniería a gran escala”, advierte Sarah Zack, especialista del programa Sea Grant de Illinois-Indiana.
Estudios recientes han encontrado microplásticos en órganos humanos, lo que podría estar vinculado a enfermedades cardíacas y ciertos tipos de cáncer. También se ha demostrado que estos contaminantes dañan procesos esenciales como la fotosíntesis, afectando directamente la seguridad alimentaria, como destacó Fei Dang en un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Biosólidos y otras fuentes de contaminación plástica
Además del plástico visible, existen otras fuentes menos evidentes. Los biosólidos, subproductos del tratamiento de aguas residuales utilizados como fertilizantes en algunos países, contienen microplásticos que pueden acumularse en los suelos. Algunas semillas, incluso, vienen recubiertas con polímeros plásticos diseñados para desintegrarse en momentos específicos del ciclo agrícola.
Se estima que menos del 10% del plástico producido globalmente se recicla, mientras que alrededor del 40% se utiliza en empaques. El resto termina en vertederos, incineradoras o directamente en el medioambiente, incluyendo nuestras tierras de cultivo.
La paradoja del cambio climático y el uso de plásticos en el campo
El cambio climático está agravando la dependencia de los plásticos en la agricultura. Hoy los agricultores recurren más a plásticos agrícolas como lonas, túneles y mulching para proteger sus cultivos de condiciones climáticas extremas. Esto, a su vez, aumenta la cantidad de residuos plásticos en el campo.
“Cada vez tenemos menos tierras cultivables debido al calentamiento global, pero necesitamos más alimentos, por lo tanto aumenta la demanda de productos químicos agrícolas”, señala Ole Rosgaard, presidente de la empresa Greif, especializada en empaques industriales.
Este círculo vicioso es evidente: el cambio climático nos obliga a usar más plásticos para garantizar cultivos, pero estos plásticos contribuyen a degradar el medioambiente y empeoran la crisis climática a largo plazo.
Proyectos de mitigación e innovación
No todo está perdido. Boluwatife Olubusoye, investigador en la Universidad de Misisipi, está experimentando con biochar (material carbonizado derivado de residuos vegetales) para filtrar microplásticos del agua que corre desde campos agrícolas hacia ríos y lagos. Los primeros resultados son prometedores.
En Uganda, sin embargo, el panorama es desalentador. Los viveros recurren a bolsas plásticas baratas porque no pueden permitirse bandejas de germinación sostenibles. “Es como si pequeños agricultores estuvieran luchando contra gigantes fabricantes de plástico”, lamenta Innocent Piloya, fundadora de Ribbo Coffee.
Un problema mundial con soluciones poco comprometidas
En 2024, líderes mundiales se reunieron en Corea del Sur en un intento por firmar el primer tratado legalmente vinculante contra la contaminación plástica. Las conversaciones, si bien importantes, no llegaron a una resolución definitiva. Sin un tratado global, todo depende del compromiso individual de los países.
La FAO propone un código de conducta voluntario para el uso sostenible de plásticos en la agricultura, pero sin regulación, es poco probable que se logre una eliminación o gestión efectiva del plástico agrícola.
Mientras tanto, algunas empresas como Greif buscan incentivar el reciclaje ofreciendo recompensas a los agricultores que devuelven sus empaques. Sin embargo, muchos plásticos terminan incinerados o simplemente abandonados en la naturaleza. “No siempre sabemos dónde acaban”, acepta Rosgaard.
¿Hay esperanza? Lo que podemos —y deberíamos— hacer
- Investigación e innovación: Se necesita financiamiento para desarrollar nuevos materiales agrícolas biodegradables o reutilizables.
- Educación: Explicar a los agricultores, especialmente en países en desarrollo, los efectos de los microplásticos sobre sus cultivos y su salud.
- Regulación y cooperación internacional: La falta de un marco legal estricto perpetúa el problema. Es necesario un tratado global como el de París, pero enfocado en los plásticos.
- Economía circular: Establecer redes de reciclaje locales y sistemas de recompensa para reducir al mínimo el desecho no controlado.
- Apoyo a los agricultores vulnerables: Proveer tecnologías sostenibles a precios accesibles para cultivos más pequeños y zonas afectadas por el cambio climático.
El plástico en la agricultura representa un dilema ético, ecológico e incluso existencial. Su aplicación práctica salva cultivos pero también mata lentamente los suelos, contamina los alimentos y perpetúa un sistema de dependencia y deterioro. ¿Podemos cultivar sin destruir? Esa es la pregunta clave. Y la respuesta, aunque compleja, debe empezar con conciencia, innovación y voluntad política.