Violencia impune en Cisjordania: el ataque a Jinba y la doble vara de Israel

El brutal asalto de colonos israelíes a una aldea palestina expone la creciente violencia en Cisjordania ocupada y las contradicciones del aparato policial y militar israelí

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La nueva normalidad en la Cisjordania ocupada

El pasado viernes, la aldea palestina de Jinba, ubicada en la región de Masafer Yatta al sur de Cisjordania ocupada, fue escenario de otro capítulo de brutalidad que, lejos de ser un hecho aislado, refleja una creciente tendencia en el territorio: la violencia perpetrada por colonos israelíes contra comunidades palestinas bajo una aparente impunidad.

En esta ocasión, más de una docena de colonos atacaron la aldea, golpeando a residentes con piedras y palos, algunos incluso portando armas de fuego. Las imágenes captadas con claridad poco común por cámaras de seguridad —en manos de la familia Al-Amur— ofrecen un testimonio visual irrefutable del asalto.

Mientras tanto, las fuerzas de seguridad israelíes presentaron una versión radicalmente distinta de los hechos, deteniendo a más de 20 palestinos tras el ataque, sin arrestar a un solo colono. Esta disparidad encendió nuevamente las alarmas sobre la sistemática asimetría de poder y justicia en los territorios ocupados.

El ataque grabado en tiempo real

Las cámaras de la familia Al-Amur documentan con alarmante precisión el desarrollo del ataque. Un jeep, un ATV y una camioneta blanca llegan rápidamente a las afueras de la aldea. Más de 15 colonos, muchos de ellos encapuchados y armados con bates, palos y al menos un rifle, se bajan y comienzan su incursión.

Las mujeres de la casa –Oula Awad y su hija Handa– comienzan a gritar, agitar ropa para pedir ayuda. Minutos después, su hijo Qusai, de 17 años, es interceptado por los atacantes. Uno lo golpea con un palo, otro le lanza una roca a la cabeza, dejándolo inconsciente. El video muestra cómo cuatro colonos lo patean y golpean en el suelo antes de huir.

Un segundo video grabado por el propio Qusai tras recuperar la conciencia muestra a su hermano Ahmad, de 16 años, con una herida en la cabeza, y a su padre Aziz, de 63, con el rostro ensangrentado. Todos fueron hospitalizados: Aziz fue operado por fracturas craneales, Ahmad está en cuidados intensivos, y Qusai con el brazo roto, además de múltiples heridas y contusiones.

Silencio institucional y represión a las víctimas

A pesar de la contundencia de las pruebas, la respuesta oficial estuvo marcada por la incongruencia. La policía israelí justificó la detención de 22 palestinos alegando que habían arrojado piedras a pastores colonos. El ejército describió el episodio como una simple “confrontación violenta entre civiles”, y no anunció ninguna investigación contra los agresores documentados en video.

Esto refuerza el patrón ampliamente denunciado por organizaciones como B'Tselem y Human Rights Watch: la colusión entre el aparato militar israelí y los colonos al momento de hostigar y desplazar a las comunidades palestinas.

“Los soldados vinieron, no a ayudar, sino a lanzar granadas aturdidoras contra las casas”, relató Nidal Younis, líder del concejo del pueblo, quien fue además arrestado por las fuerzas israelíes tras intentar asistir a los heridos. La intervención militar impidió que habitantes de otras aldeas vecinas acudieran en rescate.

Masafer Yatta: una zona de fuego y olvido

La región de Masafer Yatta fue declarada en los años 80 por el ejército israelí como zona de entrenamiento con fuego real, a pesar de que alberga a más de mil palestinos, en su mayoría beduinos. Desde entonces, se han mantenido órdenes de expulsión, a menudo ejecutadas mediante demoliciones de viviendas, confiscaciones de agua o agresiones de colonos.

Organizaciones de derechos humanos han documentado más de 100 ataques de colonos en el área en los últimos cinco años, con escasas repercusiones. Según un informe de B'Tselem de 2022, en el 85% de los casos la policía israelí no abrió investigaciones formales, y solo en un 3% se presentaron cargos.

“Lo que sucede en Masafer Yatta es un plan de desplazamiento lento, violento y sistemático”, dijo Hagai El-Ad, exdirector ejecutivo de B'Tselem. “La convergencia entre soldados y colonos forma una maquinaria de desplazamiento impune.”

Hamdan Ballal: el cineasta golpeado tras ganar un Óscar

Este contexto de violencia se exacerbó tras un ataque similar al director palestino Hamdan Ballal, codirector del documental ganador del Óscar “No Other Land”, que justamente retrata el conflicto en Masafer Yatta. Ballal fue atacado y detenido por soldados israelíes a inicios de semana. Permaneció 20 horas en custodia, con heridas visibles, luego de ser señalado como presunto agresor por el simple hecho de haber documentado su aldea.

Su compañero y codirector israelí, Yuval Abraham, criticó duramente el tibio comunicado emitido originalmente por la Academia de Hollywood, que no mencionaba su nombre. “Hablar de libertad de expresión sin condenar directamente la violencia contra quienes la ejercen es, sencillamente, complicidad”, escribió.

Posteriormente, más de 600 miembros de la Academia —entre ellos figuras como Penélope Cruz, Emma Thompson, Olivia Colman, Riz Ahmed y Jonathan Glazer— firmaron una carta exigiendo una declaración más fuerte. La presión surtió efecto: la Academia ofreció una disculpa formal, mencionando a Ballal por nombre y condenando “la represión de la libertad bajo cualquier circunstancia”.

La doble vara de la justicia

Lo más preocupante de los hechos es la aparente estructura de impunidad institucionalizada. La justicia israelí no solo parece inútil ante la violencia de los colonos, sino también se muestra selectivamente agresiva contra los palestinos agredidos, como lo demuestra la inmediata detención de víctimas tras los ataques.

Mientras las autoridades israelíes justificaron su accionar alegando “amenazas contra civiles israelíes”, las imágenes y videos desmontan esa narrativa, mostrando una agresión premeditada y unilateral. Sin embargo, esa documentación no ha generado aún arrestos ni investigaciones hacia los colonos identificables en las grabaciones.

Según las Naciones Unidas, en los primeros tres meses de 2024 se han documentado al menos 98 ataques de colonos armados en Cisjordania, de los cuales en solo 5 se iniciaron procedimientos investigativos por parte de la policía israelí. La situación se ha agravado en paralelo a la guerra en Gaza, utilizando el conflicto como pantalla para aumentar la presión sobre las comunidades palestinas en Cisjordania.

El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha calificado algunos de estos ataques como plausibles crímenes de guerra. Sin embargo, la falta de presión internacional sostenida permite que este modelo de impunidad se perpetúe.

El poder del testimonio

El documental “No Other Land” ha despertado un grado inusitado de atención sobre esta región olvidada. Al tratarse de una producción conjunta entre israelíes y palestinos, y haber ganado reconocimiento internacional, ha logrado visibilizar una realidad antes ignorada.

Ballal, desde el hospital, contó cómo los colonos se dirigieron directamente hacia él, mencionando su nombre y gritando “¡Óscar!”. “Yo entendí entonces, me estaban atacando por lo que represento, por contar esta historia”, aseguró. En efecto, el arte se vuelve aquí no solo un medio de expresión política, sino también una razón de persecución.

En palabras del propio Yuval Abraham: “Ser testigo se ha convertido en delito. Documentar la limpieza étnica de tu pueblo basta para convertirte en objetivo.”

No es un conflicto, es una ocupación

Hablar del conflicto israelí-palestino aún requiere, en muchos foros internacionales, un lenguaje de falsa simetría que iguala al ocupante con el ocupado. Los sucesos de Jinba ilustran con crudeza que no estamos ante un “conflicto” entre partes iguales, sino ante una ocupación militar prolongada, sostenida con represión, violencia selectiva y el desmantelamiento sistemático de comunidades enteras.

El silencio, o peor aún, la distorsión en los relatos oficiales y su repetición sin crítica por parte de gobiernos y medios en Occidente, perpetúan la impunidad y dificultan cualquier vía de justicia o resolución.

Mientras la justicia siga operando con doble estándar y el mundo mire hacia otro lado, Jinba no será una excepción, sino la norma. Y eso es lo verdaderamente preocupante.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press