Sudán del Sur al borde del abismo: ¿renace el espectro de la guerra civil?

Las tensiones entre Kiir y Machar, la detención del vicepresidente y el llamado internacional a la paz reavivan los temores de un conflicto sangriento

Una nación joven, un pasado sangriento

Sudán del Sur, el país más joven del mundo, lucha hoy contra los fantasmas de su pasado. Nacido en 2011 tras separarse de Sudán, este país ha estado marcado por conflictos étnicos, luchas de poder y una precaria estabilidad institucional. En 2013 estalló una sangrienta guerra civil entre seguidores del presidente Salva Kiir, de etnia dinka, y su entonces vicepresidente Riek Machar, nuer. La violencia dejó más de 400.000 muertos, millones de desplazados y un país devastado.

Un acuerdo de paz en 2018 creó un gobierno de unidad nacional e intentó abrir un camino hacia elecciones. Sin embargo, la paz ha sido frágil, y en marzo de 2025 la tensión cobró una nueva dimensión con la detención de Machar por el gobierno de Kiir. La ONU y la comunidad internacional levantaron la voz ante la amenaza inminente de un nuevo conflicto.

¿Qué está pasando en Sudán del Sur?

El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, dio la voz de alarma este viernes ante lo que describió como una "emergencia de seguridad" y una tormenta política que podría empujar al país nuevamente a la guerra. "Lo que estamos viendo es inquietantemente parecido a las guerras civiles de 2013 y 2016", dijo, recordando el alto costo humano de esos enfrentamientos.

La detención de Machar —quien hasta ahora se desempeñaba como Primer Vicepresidente— ocurrió tras un grave enfrentamiento armado en el estado del Alto Nilo entre el Ejército y la llamada White Army, una milicia leal a Machar. Además, se reportó un ataque a un helicóptero de Naciones Unidas. En respuesta, el gobierno llevó a cabo bombardeos aéreos, elevando drásticamente el nivel del conflicto.

Una detención con consecuencias políticas

Michael Makuei, ministro de Información de Sudán del Sur, justificó públicamente la detención de Machar como una medida de estabilidad nacional. Sin embargo, desde el Partido Popular para la Liberación de Sudán en Oposición (SPLM-IO), liderado por Machar, definieron el acto como "la abrogación" del acuerdo de 2018.

Oyet Nathaniel Pierino, vicepresidente del SPLM-IO, alertó que esta acción demuestra que no hay voluntad política para mantener la paz. La situación es especialmente sensible porque Sudán del Sur se dirigía —aunque con innumerables retrasos— hacia elecciones generales previstas para diciembre de 2026. Sin embargo, con el actual clima, ese proceso democrático parece más lejano que nunca.

¿Qué dicen los actores internacionales?

Las reacciones internacionales no se han hecho esperar. Guterres llamó a la “restauración inmediata del gobierno de unidad nacional” y al fin de las políticas de confrontación. También hizo un llamado a todas las partes garantes del acuerdo de paz de 2018 —entre ellas la Unión Africana y los gobiernos regionales— a hablar con una sola voz.

En línea con estas acciones, la ONU ha respaldado la visita de Raila Odinga, enviado especial de Kenia y expresidente del país, así como a la Comisión del Panel de los Sabios de la Unión Africana. Ambos actores han sido enviados a Yuba con la misión de mediar y reencauzar un proceso de paz cada vez más comprometido.

El factor étnico: una bomba de tiempo

Uno de los ingredientes más peligrosos del conflicto en Sudán del Sur ha sido, desde siempre, su división étnica. Los dinka, a los que pertenece el presidente Kiir, y los nuer, grupo étnico de Machar, han estado históricamente enfrentados. Las diferencias no solo son políticas, sino culturales y territoriales.

Según reportes del Consejo de Seguridad de la ONU, los enfrentamientos recientes reflejan una preocupante tendencia de ataque selectivo por perfil étnico y uso masivo de desinformación en redes sociales. Estos dos factores están exacerbando el odio y encendiendo una mecha que podría derivar en nuevas masacres.

Un acuerdo de paz cada vez más frágil

El acuerdo de 2018 fue celebrado en su momento como una posible salida a la guerra. Supervisado por IGAD (Autoridad Intergubernamental sobre el Desarrollo), la Unión Africana y Naciones Unidas, incluyó la formación de una fuerza conjunta, distribución equitativa de cargos de gobierno y un cronograma hacia elecciones.

Pero ha sido un camino lleno de obstáculos. Solo una pequeña parte de la fuerza conjunta fue entrenada y desplegada. Las instituciones siguen siendo débiles, y la corrupción y la impunidad continúan socavando todo progreso. Tal como explicó el International Crisis Group en un informe de 2022: “Sudán del Sur ha hecho avances técnicos, pero sigue sin voluntad política y sin mecanismos sólidos de monitoreo.”

¿Hay esperanzas de paz?

Guterres fue claro: el objetivo prioritario es evitar otro conflicto armado con tintes genocidas. Para ello, la diplomacia africana será clave. Raila Odinga, que posee una larga trayectoria política y es una figura muy respetada, podría desempeñar un papel decisivo para contactar tanto a Kiir como a Machar, restableciendo canales de comunicación hoy completamente rotos.

Aún así, hay dudas. ¿Permitirá el gobierno que Odinga se reúna con Machar, actualmente bajo arresto domiciliario? ¿Logrará la comunidad internacional forzar medidas concretas que desactiven la crisis?

Cifras de una tragedia olvidada

  • Más de 400.000 muertos entre 2013 y 2018.
  • 4.5 millones de desplazados internos y refugiados.
  • El 80% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, según el Banco Mundial.
  • Más del 50% enfrenta inseguridad alimentaria severa (FAO, 2023).

A pesar de todo esto, Sudán del Sur sigue siendo un conflicto que rara vez aparece en los titulares. No tiene el peso estratégico de Ucrania, ni la riqueza energética de Medio Oriente. Pero su estabilidad es clave para toda África oriental.

La geopolítica regional observa con cautela

Etiopía, Kenia y Uganda tienen un interés directo en evitar que el conflicto se reavive. Un Sudán del Sur inestable significa flujos masivos de refugiados, interrupción del comercio regional y potencial infiltración de grupos armados en sus respectivos territorios.

Además, en un contexto global donde la seguridad alimentaria se ha convertido en una prioridad, las altísimas tasas de desplazamiento y destrucción de zonas agrícolas en Sudán del Sur representan también una amenaza para los corredores logísticos de alimentos del Cuerno de África.

Una historia de promesas rotas

Sudán del Sur nació con promesas. Fue recibido en 2011 como una nación libre que podría empezar de cero, gestionar sus vastos recursos petroleros e integrarse a la comunidad internacional como un ejemplo de autodeterminación. Nada de eso se ha cumplido.

Once años después, el país sigue siendo pobre, dependiente de ayuda internacional y rehén de una clase política que prioriza los intereses personales por sobre el bienestar del pueblo. El arresto de Machar no es solo un acto político; es un movimiento en el tablero de una partida mortal que puede tener consecuencias nefastas.

El llamado urgente a la acción

Guterres, en su mensaje más contundente desde el Consejo de Seguridad, imploró a las potencias globales y a los aliados de África Oriental a no mirar hacia otro lado: “Evitemos que Sudán del Sur caiga al abismo de una nueva guerra civil”, advirtió. La ONU, la Unión Africana y líderes como William Ruto o Raila Odinga aún pueden salvar lo que queda del acuerdo de 2018 y presionar por una salida diplomática sólida.

El tiempo corre y, como mostró la historia reciente, cada día de silencio puede costar cientos de vidas. La comunidad internacional debe actuar, y debe hacerlo ahora.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press