El rostro de la protesta: tecnología, vigilancia y la nueva era del activismo estudiantil en EE.UU.
Cómo el uso privado del reconocimiento facial y las campañas de denuncia están transformando la libertad de expresión en los campus universitarios
En una época de creciente tensión política y social en los Estados Unidos, el activismo estudiantil está bajo una nueva amenaza: la tecnológica. ¿Hasta qué punto se puede expresar una opinión sin temor a ser vigilado, identificado y castigado? La respuesta parece cada vez más compleja tras la irrupción del reconocimiento facial utilizado por grupos privados para identificar estudiantes extranjeros que participaron en protestas pro-palestinas.
De la protesta al perfil digital: el reconocimiento facial como arma privada
Una reciente ola de protestas estudiantiles en universidades estadounidenses, en contra de las acciones de Israel en Gaza, ha desencadenado una reacción con consecuencias devastadoras para muchos jóvenes. Empresas privadas y grupos pro-Israel están utilizando tecnología de reconocimiento facial para identificar a manifestantes, incluso si se encuentran enmascarados.
“¡Meses de ocultar sus rostros se fueron por el desagüe!”, celebró una compañía emergente en sus redes sociales tras identificar a una manifestante en Nueva York. Esta tecnología, desarrollada por Stellar Technologies y su herramienta NesherAI, ha sido empleada por algunos grupos radicales para enviar listas de nombres al gobierno con intención de que se inicie su proceso de deportación.
Una línea borrosa entre vigilancia estatal y privada
Tradicionalmente, el uso del reconocimiento facial ha sido dominio exclusivo de los cuerpos policiales. Sin embargo, como explicó la abogada Sejal Zota —que representa a un grupo de activistas en un juicio contra la empresa ClearviewAI—, ahora la frontera entre el poder del Estado y los particulares comienza a desdibujarse.
“Ahora tenemos grupos privados que colaboran con la vigilancia. Es preocupante porque estas prácticas no están reguladas de la misma manera y pueden llevar a abusos graves de derechos civiles”, declaró Zota.
Estudiantes extranjeros: entre el activismo y el miedo a la deportación
La situación se torna especialmente delicada para los estudiantes que residen en Estados Unidos con visas académicas.
El caso de Mahmoud Khalil, estudiante palestino de la Universidad de Columbia —arrestado el pasado 8 de marzo tras liderar manifestaciones— se ha vuelto símbolo del temor creciente entre la comunidad de estudiantes internacionales.
“Nos están obligando a pensar en nuestra supervivencia diaria”, expresó, en anonimato, una estudiante graduada de origen surasiático. Otros jóvenes confiesan que han dejado de asistir a protestas o han borrado sus perfiles en redes sociales para evitar ser identificados. Algunos incluso han optado por no salir del país para evitar que se les prohíba reingresar.
Doxing: del acoso digital a las consecuencias reales
La práctica conocida como doxing —la difusión no autorizada de información personal para hostigar— ha adquirido nuevas dimensiones al ser alimentada por inteligencia artificial. Ya no se trata solo de escraches o boicots en redes sociales; muchas víctimas aseguran que han perdido sus empleos o han comenzado procesos de deportación debido a estas campañas.
El grupo Betar, de tendencia radical, ha elaborado listas con nombres de manifestantes extranjeros enviadas al gobierno de Trump bajo su promesa de hacer frente al “antisemitismo universitario”. La ADL (Liga Antidifamación) incluso añadió recientemente a Betar a su lista de grupos extremistas en EE.UU.
Trump y la nueva doctrina represiva tras las elecciones
Bajo la administración de Donald Trump —reelegido en 2024— la implementación de políticas contra estudiantes internacionales ha escalado. Desde órdenes ejecutivas que llaman a deportar a estudiantes extranjeros «pro-yihadistas» hasta el respaldo tácito a grupos que usan inteligencia artificial para espiar a sus críticos, la maquinaria estatal ha comenzado a funcionar en sintonía con estas dinámicas digitales.
El propio Trump declaró que universitarios extranjeros que “inciten al odio o violencia” deberían ser expulsados. Pero los criterios no son claros, y organizaciones de derechos civiles temen usos erróneos o arbitrarios de estas políticas.
El ambiente universitario en EE.UU.: sospecha y desconfianza
Estudiantes de instituciones como la Universidad de Columbia, la Universidad de Michigan y la Universidad de Pittsburgh han descrito un ambiente tenso de vigilancia mutua. Las denuncias entre compañeros, las listas negras, y los rumores sobre visitas de agentes migratorios se han vuelto rutina.
“Nos han arrebatado el sentido de comunidad y libertad que solíamos tener”, lamentó Sahar Bostock, una estudiante israelí en Columbia que firmó una carta rechazando la criminalización de las protestas pro-palestinas. “Parece una dictadura donde cualquiera puede delatarte”.
Reconocimiento facial y sesgos: ¿puede la tecnología equivocarse?
Los expertos advierten sobre los peligros inherentes del uso de reconocimiento facial: falta de precisión, sesgos raciales y consecuencias legales injustas. Según la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU), esta tecnología tiene un nivel de error especialmente alto para personas de tez oscura y minorías, aumentando el riesgo de detenciones injustificadas.
“Poner a niños inmigrantes bajo vigilancia algorítmica basada en sospechas políticas es lo más antiamericano que puede ser un país fundado en la libertad de expresión”, opinó Abed Ayoud, director de la American-Arab Anti-Discrimination Committee.
Batalla política y social: entre el activismo legítimo y el miedo institucional
Los activistas, por su parte, están reorganizando sus tácticas. Algunas agrupaciones, como Estudiantes por la Justicia en Palestina, han comenzado a eliminar o cifrar sus listas de miembros. Han intensificado los protocolos de seguridad digital y asesoramiento legal, pero el temor persiste.
Los efectos están extendiéndose más allá de las universidades. Existe preocupación entre docentes, artistas e intelectuales migrantes sobre hasta qué punto sus opiniones podrían causar la revocación de sus visas o afectar su estatus migratorio.
¿Es el reconocimiento facial la punta del iceberg?
El uso del reconocimiento facial por parte de grupos pro-Israel es solo una manifestación de un fenómeno más profundo: la privatización del control social. El hecho de que actores no estatales impongan consecuencias políticas y judiciales sobre estudiantes cuestiona profundamente la legitimidad del disenso en espacios académicos.
Estamos entrando en un mundo donde la cámara de tu oponente político puede terminar siendo el instrumento de tu deportación. En donde un software entrenado desde un departamento de Brooklyn puede silenciar voces a miles de kilómetros de distancia.
¿Exageración? Mucho menos de lo que parece.
Desde 2023, se han presentado al menos cinco demandas federales en Estados Unidos que involucran la utilización de reconocimiento facial en universidades para monitorear estudiantes, según la ACLU.
En palabras de la profesora Shoshana Zuboff, autora del libro La era del capitalismo de vigilancia: “Cuando se permite que el seguimiento digital sea usado para el control ideológico, ya no hablamos de mercado, sino de totalitarismo virtual”.
El futuro de la disidencia estudiantil en EE.UU.
En una nación donde la Primera Enmienda garantiza la libertad de expresión, la creciente vigilancia privada, los softwares de identificación masiva y el uso arbitrario de datos personales reclaman un debate urgente sobre el futuro de la ciudadanía, la privacidad y el derecho a disentir.
Mientras tanto, en los pasillos de universidades de élite, estudiantes extranjeros apagan sus redes sociales, ocultan sus rostros y caminan con miedo. No por oponerse a un país, sino por atreverse a levantar la voz.